martes, 23 de abril de 2013

Afrontando la pérdida del mundo celeste (todavía)

"Decís: Estar con los niños nos cansa”. Tenéis razón.
Decís: “Porque tenemos que ponernos a su nivel. Bajar, inclinarnos, hacernos pequeños.”
Os equivocáis. No es eso lo que nos cansa. Es el hecho de tener que ponerse a la altura de sus sentimientos. De subir, estirarse, crecer, ponerse de puntillas. Para evitar el dolor"
Janusz Korczak "Como amar al niño"


Hoy ha sido día de besos, mimos y abrazos.
Ya casi no recordaba lo que es pasar una tarde así con Nur. ¡Qué dulzura, qué delicia y qué amor más entrañable y único!
Y es que desde hace más o menos un mes, estamos en plena bajada de colmillos y muelas (completando procesos de encarnación), y crisis pre-cumpleaños. Nur empieza a buscar independencia, al mismo tiempo que necesita estar en la misma habiatación que su padre o yo. Cada día está lleno de paradojas y de contradicciones, paradojas de Nur, contradicciones de mamá.

Nos viene pasando los dos últimos años, y cada vez que llega, y que Nur empieza a notar sus cambios, yo me desubico. Creo que de alguna manera me debo haber acomodado, una vez que he encontrado la postura, me olvido de que debo seguir agachándome y volviéndome a levantar, curvándome y estirándome, poniéndome de puntillas y de cuclillas otra vez.
Porque con cada nuevo ciclo, mi niña se enfrenta de nuevo a la pérdida del mundo celeste, de ese mundo infantil que cada vez va tomando más forma y que hay que aprender a interpretar y a expresar.
El año pasado, poco antes de cumplir los dos, con 21 meses, Nur empezó a tener "esos" cambios de humor, y yo, más bien perdida, buscando ayuda por doquier, encontré, a través del blog "Ojitos que brillan" el maravilloso libro "El niño feliz", que me ayudó (¡ay si me ayudó!) a ubicarme, de nuevo, y desde una nueva perspectiva, como madre que acompaña y aprende. Que no es poco.
Cuando digo "que aprende", me refiero a ver mi sombra más oscura de madre y tener que aceptar que yo soy eso también; he dicho lo que pensé que jamás diría, y me he aprovechado de ese amor incondicional que nuestros hijos nos tienen, arrastrando luego la culpa como he podido. Me identifiqué al máximo cuando hace poco leí una entrada en el blog "Criar a contravía" llamada "Para quien escribo"... Durante los últimos meses he llegado a sentir cada punzada tal y como lo describe Violeta, pero no he tenido el valor que ha tenido ella, ni las fuerzas, supongo, para escribir sobre mis violencias (visibles e invisibles). Me decía a mí misma que "mañana empezaremos de nuevo. Gracias por la oportunidad de un nuevo día, de un nuevo amanecer, gracias por otro nuevo comienzo cada mañana." Cuando mi día terminaba así, con esta oración-mantra, no me sentía la mejor madre del mundo, lo puedo asegurar.
La madre que compaña y aprende es también quien le dice a su hija al final del día: "Mi amor, lo siento mucho, muchísimo... no he podido hacerlo mejor, a veces no te entiendo, y a veces no me entiendo a mí misma, ¿lo sabes, verdad?" "Si, mamá". "Gracias mi amor" "Lo siento mamá" "No, yo, lo siento cariño mío".
No sé si esto es justo o no, pero al menos, el poder hablar de mis sentimientos con Nur, me hace creer que la estoy ayudando a no identificarse con la causa de mi dolor, y me parece que debe funcionar, porque no se lleva nada de esto a sus otras relaciones. De alguna manera sabe discernir y no se siente responsable por mi malestar. Al menos...

El último mes ha sido un mes de llanto feroz, de gritos de repente, sin venir a cuento, ante unos padres (nosotros) atónitos y desorientados... "¡¿pero qué te pasa? ¿me lo quieres explicar?!". Uf! Llegan los tres años y vuelvo a preguntarme si podré con todo esto, si llegaré a rebasar los mílites que me autoimpongo en la crianza con "disciplina y con amor"...


3 comentarios:

Mónica Leyva dijo...

Qué identificada con tus palabras, ahora mismo voy a buscar ese libro "El niño feliz". Yo también me siento mal muchas veces, por gritarle a mi peque, porque en realidad ella no es la responsable de ellos, y también le pido perdón, pero no sé si demasiado tarde. Cada día pienso que hago algo mal y me siento culpable muy a menudo y sé que eso tampoco puede ser bueno tampoco para ella. Me ha encantado leerte.

Noraya dijo...

A veces es complicado... lo ideal sería no tener que pedir nunca perdón, tener paciencia infinita, serenidad suficiente para aguantar y poner límites con amor se pongan nuestros hijos como se pongan... pero si existe alguna madre así, esa no soy yo, al menos no siempre. Creo que no es sólo el pedir perdón, sino, cuando las aguas se han calmado, hablar con nuestros hijos sobre nuestros propios sentimientos y debilidades, sobre nuestra propia vulnerabilidad e inmadurez, en un lenguaje que ellos puedan entender (a veces ni eso), con pocas palabras y con cercanía. Ellas y ellos entienden, aún más de lo que podamos imaginar, y, para mí lo más importante, nos conocen. De verdad. Con nuestra sombra, con nuestra luz.
El momento que yo suelo utilizar es el de acompañarla a dormir, pero creo que es muy importante que después una misma reflexiones sobre los propios límites que nos debemos poner como ma-padres; hasta dónde podemos decir y repetir el "no", hasta dónde y cuándo deberíamos controlar el volumen de nuestra voz y cómo decimos las cosas, y un largo etc. No acomodarse, ni en la maternidad ni en la vida, es una gran lección que me recuerdo una y otra vez.
http://elblogdenoraya.blogspot.com.es/2012/10/vale-lo-reconozco-soy-la-mama-que-soy.html

Un abrazo Mónica!

Monica Leyva dijo...

Si tienes razón con eso de que nos conocen, me han ayudado tu palabras, muchas gracias!!!

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